These boots...
Como - Milán - Como
...are made for walking... Y nos hemos hinchado. Vaya si nos hemos hinchado.
Empezábamos con ritmo saltando (y haciendo saltar al personal) de la cama a las 7:30, porque a las 9:10 salía el tren a Milán, y debíamos estar a bordo cuando eso ocurriera. Tras una marcha ligera con los párpados aún entornados y un triste desayuno en la propia estación (el concepto Hiper-Asia ha tomado ya la cafeterías de estación operadas en régimen concesional, por cierto), allí estábamos, subidos a un tren divino que en 40 minutos nos dejaba en la imponente Milano Centrale, una estación con la cubierta de los andenes a lo Gustave Eiffel S.XIX y los vestíbulos a lo Central Station de Nueva York, una maravilla. Por cierto que los trenes aquí van muy bien, a precios razonables, y los niños con 50% de descuento (en el metro, gratis).
Pronto estábamos en la Piazza del Duomo, frente al mismo, la Catedral, de fama y colas mundiales, para la que venden online tickets “fast pass” que luego requieren acogerte a una laaaarga fila para su validación e impresión. New economy & Digitalization, que se llama. Como lo habíamos leído en la críticas no hemos picado. Pero vamos, que si lo que quieres es una alternativa real de “Duomo sin colas y ascensor a la azotea”, no matter how much, sencillamente no existe, esa es la cruda verdad. Pero puedes relajarte en el centro de la plaza contemplando la bella obra (que lo es) mientras eres devorado por las palomas, que no pasaron el casting de Los pájaros por exceso de celo. Y no faltan por todo Milán.
También hemos contemplado la Catedral desde la terraza de La Rinascente, unos muy exclusivos grandes almacenes con planta Gourmet en el ático que no nos podíamos perder. Triunfo destacable del pistacho bajo diversas manufacturas, principalmente dulces (para compensar el triste desayuno de la estación).
Galleria Vittorio Emanuele II, Teatro Alla Scala... hasta Castello Sforzesco. No entraré en más detalle, que ya está la Lonely Planet para eso. Sólo incidiré en el bochorno, la humedad... dudando de encontrarse en Milán o Saigón, la verdad. Por más que se diga, uno no lo termina de imaginar del todo.
El Castillo nos ha ofrecido el regalo de un atrio ligeramente desplazado del eje de la visita, lo suficiente para que de pronto te encuentres casi solo, libre de la multitud que te acompaña desde que desciendes del tren por la mañana.
Al atravesarlo, el parque Sempione, en el que nos hemos dirigido al acuario para nada porque, oh casualidad, cierra los lunes. Una pena... Pero las penas con pan son menos, y ya era hora de comer. Y, oh fortuna, estábamos cerca del Corso Garibaldi, una calle con estupendos restaurantes que, oh fatalidad, estaban cerrados. Y en esta montaña rusa emocional damos con una especie de japonés-brasileiro llamado Temakinho donde hemos comido de maravilla (bendito Poke, reciente descubrimiento muy recomendable, no os lo perdáis que ya está de moda en Madrid). Y Pablo ha probado el wasabi, a palo seco. ¡Olé!
De allí, metro a los “Naviglio” (canales), seguro que fantásticos al atardecer, con sus bares y restaurantes de moda en máxima ebullición, pero a las 4 de la tarde tristes como el Rastro a esa hora del domingo, con la clara sensación de que allí suele pasar algo que tú, por haber ido a esa hora, te vas a perder. Y sin los locales abiertos y la gente, lo siento, el sitio es feo como pegar a un padre, sucio y decadente. El agua cristalina, eso sí. Pero de verdad que no pintábamos allí gran cosa, salvo pasar calor y buscar un motivo para justificar la visita, que hemos intentado encontrar siguiendo el Naviglio Pavese en dirección sur, y soló nos ha servido para meternos en una zona chunga a rabiar (“total, ya tiramos que llegamos al siguente metro que nos lleva a Milano Centrale”), mientras me llamaban de la central de alarmas de casa, que llevaba 7 saltos hoy, y ya cagándome en tó lo que se menea; ah, y a punto de romper la tormenta sobre nuestras cabezas. Vamos, momento de crisisis.
Ya en la estación de tren, lo tomamos por los pelos y por la ventana vemos como sí ha empezado a llover. Pero nuestros chubasqueros llevan 3 días sin salir de la mochila (“Dios, los riñones”), y siguen secos como el desierto del Gobi. El día que los dejemos nos cae la mundial.
En Como, a casa, cena local rollo takeaway, y ración del último virus familiar, muy recomendable ¡y no tiene batería ni pantalla!
Mañana, tranqui, por Dios.
Nos vemos.
...are made for walking... Y nos hemos hinchado. Vaya si nos hemos hinchado.
Empezábamos con ritmo saltando (y haciendo saltar al personal) de la cama a las 7:30, porque a las 9:10 salía el tren a Milán, y debíamos estar a bordo cuando eso ocurriera. Tras una marcha ligera con los párpados aún entornados y un triste desayuno en la propia estación (el concepto Hiper-Asia ha tomado ya la cafeterías de estación operadas en régimen concesional, por cierto), allí estábamos, subidos a un tren divino que en 40 minutos nos dejaba en la imponente Milano Centrale, una estación con la cubierta de los andenes a lo Gustave Eiffel S.XIX y los vestíbulos a lo Central Station de Nueva York, una maravilla. Por cierto que los trenes aquí van muy bien, a precios razonables, y los niños con 50% de descuento (en el metro, gratis).
Pronto estábamos en la Piazza del Duomo, frente al mismo, la Catedral, de fama y colas mundiales, para la que venden online tickets “fast pass” que luego requieren acogerte a una laaaarga fila para su validación e impresión. New economy & Digitalization, que se llama. Como lo habíamos leído en la críticas no hemos picado. Pero vamos, que si lo que quieres es una alternativa real de “Duomo sin colas y ascensor a la azotea”, no matter how much, sencillamente no existe, esa es la cruda verdad. Pero puedes relajarte en el centro de la plaza contemplando la bella obra (que lo es) mientras eres devorado por las palomas, que no pasaron el casting de Los pájaros por exceso de celo. Y no faltan por todo Milán.
También hemos contemplado la Catedral desde la terraza de La Rinascente, unos muy exclusivos grandes almacenes con planta Gourmet en el ático que no nos podíamos perder. Triunfo destacable del pistacho bajo diversas manufacturas, principalmente dulces (para compensar el triste desayuno de la estación).
Galleria Vittorio Emanuele II, Teatro Alla Scala... hasta Castello Sforzesco. No entraré en más detalle, que ya está la Lonely Planet para eso. Sólo incidiré en el bochorno, la humedad... dudando de encontrarse en Milán o Saigón, la verdad. Por más que se diga, uno no lo termina de imaginar del todo.
El Castillo nos ha ofrecido el regalo de un atrio ligeramente desplazado del eje de la visita, lo suficiente para que de pronto te encuentres casi solo, libre de la multitud que te acompaña desde que desciendes del tren por la mañana.
Al atravesarlo, el parque Sempione, en el que nos hemos dirigido al acuario para nada porque, oh casualidad, cierra los lunes. Una pena... Pero las penas con pan son menos, y ya era hora de comer. Y, oh fortuna, estábamos cerca del Corso Garibaldi, una calle con estupendos restaurantes que, oh fatalidad, estaban cerrados. Y en esta montaña rusa emocional damos con una especie de japonés-brasileiro llamado Temakinho donde hemos comido de maravilla (bendito Poke, reciente descubrimiento muy recomendable, no os lo perdáis que ya está de moda en Madrid). Y Pablo ha probado el wasabi, a palo seco. ¡Olé!
De allí, metro a los “Naviglio” (canales), seguro que fantásticos al atardecer, con sus bares y restaurantes de moda en máxima ebullición, pero a las 4 de la tarde tristes como el Rastro a esa hora del domingo, con la clara sensación de que allí suele pasar algo que tú, por haber ido a esa hora, te vas a perder. Y sin los locales abiertos y la gente, lo siento, el sitio es feo como pegar a un padre, sucio y decadente. El agua cristalina, eso sí. Pero de verdad que no pintábamos allí gran cosa, salvo pasar calor y buscar un motivo para justificar la visita, que hemos intentado encontrar siguiendo el Naviglio Pavese en dirección sur, y soló nos ha servido para meternos en una zona chunga a rabiar (“total, ya tiramos que llegamos al siguente metro que nos lleva a Milano Centrale”), mientras me llamaban de la central de alarmas de casa, que llevaba 7 saltos hoy, y ya cagándome en tó lo que se menea; ah, y a punto de romper la tormenta sobre nuestras cabezas. Vamos, momento de crisisis.
En Como, a casa, cena local rollo takeaway, y ración del último virus familiar, muy recomendable ¡y no tiene batería ni pantalla!
Mañana, tranqui, por Dios.
Nos vemos.











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