Así, sí (vero Como!)
Como - Cernobbio - Como
Chicos, bienvenidos al LAGO DI COMO, con mayúsculas, con todas las que tengáis. Y bienvenidos a la Dolce Vita; bienvenidos a un club donde ya os esperaban Anita Ekbert, Elizabeth Taylor, Richard Burton, Jean-Paul Belmondo, Elle McPherson, Brad Pitt y, por supuesto, George Clooney. Hoy habéis surcado el lago a bordo de una Riva, y eso no es como escupir en la acera.
En los últimos días, aunque no lo he dicho, el tiempo está siendo una maravilla. Desde el martes 13 (el día siguiente a Milán), han quitado la tapadera al valle, liberándose de las nubes semipermanentes y de una buena parte de la combinación calor-humedad, de modo que los días son fantásticos, azules, frescos a ciertas horas, e incluso los paisajes a lo lejos han ganado en nitidez. Se está muy a gustito en Como.
Además, nos habíamos planteado ir a Lugano, por ver, como nos decían, la combinación del romanticismo del lago italiano con la pulcritud y orden suizos. Pero el plan ha ido posponiéndose hasta llegar al último día de viaje, y no parecía tener mucho sentido dedicar éste a coger un tren 50 minutos (la conexión es buena, la verdad) cada trayecto. Así que lo hemos descartado y eso nos dejaba una mañana por escribir, sin un plan definido y amenaza de “vacío”.
Tanto es así, que tampoco hemos salido muy pronto de casa. El plan era coger un bus o un barco al pueblo de Cernobbio, de los más próximos a Como, pequeñito y con encanto, según leíamos. Cuando llegamos a las taquillas del muelle, la cola para el barco es kilométrica, el bus requiere una hora de espera, y el mejorable servicio de taxi me deja en espera 10 minutos mientras localiza un vehículo disponible, espera que termina con una fría locución indicándome que no ha sido posible. El desánimo cunde entre la tropa. Es el momento de una acción audaz.
Saco del bolsillo una tarjeta de visita de una empresa de taxis-lancha que me entregaron ayer cuando me acerqué al embarcadero a preguntar y me la largaron como para mandarme a hacer puñetas (que ya habían cerrado), pero es que ya traíamos el run-run de este plan, y marco. Pido presupuesto para el traslado y cerramos el trato: en 10 minutos frente al bar Lario. Ciao Claudia, grazie!
Pero en lo que llegamos, otra vuelta de tuerca. ¿Por qué no le preguntamos si nos da una vuelta por el lago, terminando en Cernobbio? Y así se gesta la guinda del pastel.
Impresionante experiencia, tras haber quedado con cierto sabor agridulce el primer día surcando el lago, nos hemos resarcido. Esto sí es experiencia Lago di Como... Flotábamos sobre el mecer de las olas y volábamos con la brisa fresca en la cara.
Ritmo ligerito, parando brevemente frente a alguna villa más singular: aquella de una famosa diva de la ópera italiana de otros tiempos, la otra la que Churchill se entrevistó con Mussolini, la de Gianni Versace, que Donatella vendió al morir éste, el hotel Villa d’Este, y el Mandarín, así hasta Torno, y vuelta para desembarcar en nuestro destino. Y la chica contándonos en cada pausa, sin ser pesada. Y nosotros en un momento de éxtasis.
La comida ha sido más complicada; claro, habíamos empezado con retraso. La recomendación de nuestra patrona (Osteria del Beuc), que tenía muy buena pinta, nos han largado sin mucha explicación, y en algún otro sitio nos ha ocurrido parecido, por haber cerrado la cocina (eran las 14:30 aprox.), así es que, cuando ya contábamos con comer de pastelería, atravieso el local y lo abandono por la puerta trasera, cruzo la calle, entro en un hotel y pregunto: nos dan de comer. Aleluya. Y ha resultado tener un jardín muy mono, una comida razonable y un vino decente. Para qué queremos más.
Tras la comida, la idea era marchar caminando de vuelta a Como, por la costa. Y así hemos hecho un buen tramo, hasta que viendo que 12 minutos de google maps eran 30 de esta familia (“¡Papá, un parque!”, “Quiero agua”, “¿Puedo subirme a esa [escultura con forma de] caracol?”), hemos empezado a plantearnos alternativas: el bus no convencía, pero el barco nos atraía más, y estábamos frente al embarcadero de Tavernola... así que compramos los billetes. Y llega nuestro barco... ¡de vapor!
Una joya genovesa de 1926, restaurada y operativa, preciosa, con la maquinaria visible desde la cubierta del pasaje, y las palas en los lados como las embarcaciones que surcaban el Mississippi: una maravilla.
Tras desembarcar, al parque y a casa. Mañana volvemos y hay que prepararse...
Nos vemos.
Chicos, bienvenidos al LAGO DI COMO, con mayúsculas, con todas las que tengáis. Y bienvenidos a la Dolce Vita; bienvenidos a un club donde ya os esperaban Anita Ekbert, Elizabeth Taylor, Richard Burton, Jean-Paul Belmondo, Elle McPherson, Brad Pitt y, por supuesto, George Clooney. Hoy habéis surcado el lago a bordo de una Riva, y eso no es como escupir en la acera.
En los últimos días, aunque no lo he dicho, el tiempo está siendo una maravilla. Desde el martes 13 (el día siguiente a Milán), han quitado la tapadera al valle, liberándose de las nubes semipermanentes y de una buena parte de la combinación calor-humedad, de modo que los días son fantásticos, azules, frescos a ciertas horas, e incluso los paisajes a lo lejos han ganado en nitidez. Se está muy a gustito en Como.
Además, nos habíamos planteado ir a Lugano, por ver, como nos decían, la combinación del romanticismo del lago italiano con la pulcritud y orden suizos. Pero el plan ha ido posponiéndose hasta llegar al último día de viaje, y no parecía tener mucho sentido dedicar éste a coger un tren 50 minutos (la conexión es buena, la verdad) cada trayecto. Así que lo hemos descartado y eso nos dejaba una mañana por escribir, sin un plan definido y amenaza de “vacío”.
Tanto es así, que tampoco hemos salido muy pronto de casa. El plan era coger un bus o un barco al pueblo de Cernobbio, de los más próximos a Como, pequeñito y con encanto, según leíamos. Cuando llegamos a las taquillas del muelle, la cola para el barco es kilométrica, el bus requiere una hora de espera, y el mejorable servicio de taxi me deja en espera 10 minutos mientras localiza un vehículo disponible, espera que termina con una fría locución indicándome que no ha sido posible. El desánimo cunde entre la tropa. Es el momento de una acción audaz.
Saco del bolsillo una tarjeta de visita de una empresa de taxis-lancha que me entregaron ayer cuando me acerqué al embarcadero a preguntar y me la largaron como para mandarme a hacer puñetas (que ya habían cerrado), pero es que ya traíamos el run-run de este plan, y marco. Pido presupuesto para el traslado y cerramos el trato: en 10 minutos frente al bar Lario. Ciao Claudia, grazie!
Pero en lo que llegamos, otra vuelta de tuerca. ¿Por qué no le preguntamos si nos da una vuelta por el lago, terminando en Cernobbio? Y así se gesta la guinda del pastel.
Ritmo ligerito, parando brevemente frente a alguna villa más singular: aquella de una famosa diva de la ópera italiana de otros tiempos, la otra la que Churchill se entrevistó con Mussolini, la de Gianni Versace, que Donatella vendió al morir éste, el hotel Villa d’Este, y el Mandarín, así hasta Torno, y vuelta para desembarcar en nuestro destino. Y la chica contándonos en cada pausa, sin ser pesada. Y nosotros en un momento de éxtasis.
La comida ha sido más complicada; claro, habíamos empezado con retraso. La recomendación de nuestra patrona (Osteria del Beuc), que tenía muy buena pinta, nos han largado sin mucha explicación, y en algún otro sitio nos ha ocurrido parecido, por haber cerrado la cocina (eran las 14:30 aprox.), así es que, cuando ya contábamos con comer de pastelería, atravieso el local y lo abandono por la puerta trasera, cruzo la calle, entro en un hotel y pregunto: nos dan de comer. Aleluya. Y ha resultado tener un jardín muy mono, una comida razonable y un vino decente. Para qué queremos más.
Tras la comida, la idea era marchar caminando de vuelta a Como, por la costa. Y así hemos hecho un buen tramo, hasta que viendo que 12 minutos de google maps eran 30 de esta familia (“¡Papá, un parque!”, “Quiero agua”, “¿Puedo subirme a esa [escultura con forma de] caracol?”), hemos empezado a plantearnos alternativas: el bus no convencía, pero el barco nos atraía más, y estábamos frente al embarcadero de Tavernola... así que compramos los billetes. Y llega nuestro barco... ¡de vapor!
Una joya genovesa de 1926, restaurada y operativa, preciosa, con la maquinaria visible desde la cubierta del pasaje, y las palas en los lados como las embarcaciones que surcaban el Mississippi: una maravilla.
Tras desembarcar, al parque y a casa. Mañana volvemos y hay que prepararse...
Nos vemos.








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