Paradox

Como - Bellagio - Menaggio - Como

Hoy tocaba madrugar. Para mañana y pasado dan tormentas en la zona; es sábado de agosto, día de máxima afluencia; los horarios y modalidades de billetes para los barcos no están del todo claros; se tarda entre una y dos horas en llegar al centro del lago (el cruce de la “Y”que describe su forma) y parecía evidente que no podíamos irnos sin explorarlo, dando nombre a este blog. Así que ha habido que tirar de fuerza de voluntad para conseguir tene a todo el personal a las 8:25 en las taquillas del muelle.

La espera hasta la llegada de nuestro barco ha sido un baile de elucubraciones sobre dónde sentarnos una vez en él: en la proa, en la popa, en la cubierta superior o la inferior... pero todas tenían en común el sol de la mañana, la brisa del lago en la cara e incluso alguna refrescante salpicadura. Sí, por mis c... Habíamos cogido el itinerario express, sin apenas paradas, que tardaba menos de la mitad del otro, y ese lo cubre un modelo cerrado a cal y canto, acristaladito entero, y justito de aire acondicionado. El viaje no ha estado mal, ha ofrecido algunas vistas, pero desde luego no ha tenido el glamour esperable del lugar. Eso sí, ha sido eficiente: no eran las 10 y ya estábamos en Bellagio.

Bellagio es un bello pueblecito situado exactamente en el cruce de la mencionada “Y”: contempla de frente su base, y se abren a sus costados ambos brazos de la letra, prolongándose a su espalda. De hecho, en las afueras del pueblo hay un mirador sobre el lago con un antiguo nombre que significa “Donde el viento se divide”. Además, a muchos nos sonará más el nombre de este pueblo por ser el del famoso hotel de Las Vegas!




Hemos dedicado casi dos horitas a pasear por este pintoresco (y a esa hora aún despejado) pueblo, por sus callejuelas y pendientes, e incluso a disfrutar de una birra junto a la orilla (tampoco la saben tirar). Pero ya empiezas a ver qué es sábado, y de agosto, como decía. Y te empieza a sobrar gente como ropa cuando la estufa empieza a enrojarse... aunque lejos de irse, que va, vienen más. Especialmente cuando te aproximas al muelle para el siguiente “salto”, a Menaggio.

Esta vez sí, proa, sol, brisa (sin salpicaduras), pero era un trayecto breve, cruzar a la orilla contraria prácticamente.

Menaggio es muy diferente, no es sólo cambiar un par de letras sonando parecido: es una localidad menos concentrada, menos de callejuelas, con algo más de paseo a la orilla del lago, y más servicios para veraneantes, hasta minigolf (no es buena señal). Aunque de verdad que el paseo es bonito, hay un pequeño puerto y varios puestos de alquiler de lanchas de diversos tipos, pero la mejor, la elegante, en la que nunca verías a Cristiano Ronaldo y sí a Cary Grant (ya intuís por dónde voy), la he encontrado un par de veces. Y aquí ha salido muy mona (por cierto, lo del fondo es Bellagio).


Esta belleza en el atraque, el Aston Martin en el garaje y Siglo de Oro en el vaso: la Santísima Trinidad.

Por lo demás, Menaggio nos ha ofrecido una comida decente (tras las primeras dos collejas en sendos sitios que a las 13:00 ya estaban cerrando, toma ya) a un precio exagerado. No repetiría (como en First Dates).

Hemos optado por volver siguiendo el itinerario normal (vamos, parando en cada peñasco) por aquello del sol, la brisa y las vistas. Nos hemos sentado en la popa, en primera (bueno última, pero mirando hacia detrás) para tener una panorámica completa del lago, nuestra propia estela, ambas orillas, el cielo, y George Clooney. Pero a los 15 minutos se nos han plantado unos elementos en los morros que han decidido ir en pie apoyados en la barandilla la siguiente hora y media. Y mi vista era esta:


No es que no puedan ponerse donde quieran, por Dios, por supuesto. Pero con dos dedos de cerebro que hubieran tenido habrían reparado en que sentándose en el suelo, como han hecho unas chicas unos metros más para allá, hubieran evitado privar a 30 personas de las vistas por las que hemos venido hasta aquí. No hay asteriscos para transcribir mis reflexiones durante esa parte de la travesía. Y aquí es donde uno ya ve claro que soooobra mucha gente, y que no era este el plan; que así, si te pillan con un Martini con Vodka (sea agitado o removido) te lo derraman, y eso no puede ser.

Afortunadamente, tras la tempestad, escampa.












En cualquier caso, un día como este es el típico en que haces 400 fotos, y al revisarlas ves que de ellas 377 son la misma: agua, lancha, villa, agua con lancha, agua con villa, villa con lancha, villa con lancha y agua... y resulta que salvar, salvar, salvas cuatro. De ahí el título de esta entrada. Que no por mucho disparar...

Y ducha refrescante en casa (por cierto, aquí Carrefour Express no vende hielo, sabedlo). Y cena ligera en casa que yo-ya-no-pue-do-más...

Hasta mañana.

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